<<En la era de los antiguos dioses, de los
señores de la guerra y de los reyes, una
tierra convulsionada clamaba por un héroe.
Ella era Xena, una temible princesa forjada en el
calor de la batalla. Poderosa, pasional, peligrosa.
Su valentía cambió el mundo>>.
Con estas palabras retumbantes y un poco campanudas,
arrancan los capítulos de "Xena, princesa
guerrera", mi serie televisiva predilecta.
Comprendo que hacer estas declaraciones intempestivas
puede conturbar a las tres o cuatro lectoras que
aún me mantienen su lealtad, pero es que
mi devoción por la amazona interpretada por
la actriz Lucy Lawless alcanza cotas de idolatría
o fetichismo. "Xena, princesa guerrera"
es una serie creada por Renaissence Pictures, la
compañía que regenta un cineasta prodigioso
y poco explorado por el gran público, Sam
Raimi. Amigo íntimo de los hermanos Cohen,
Raimi se inició en el cine dirigiendo "Evil
dead", una película gore sufragada
con cuatro duros, a la que él mismo incorporaría
dos secuelas, a cada cual más desquiciada
y desternillante. Raimi siempre se ha movido en
los territorios confusos del cine más independiente,
y ha firmado obras maestras de la serie B como "Darkman",
en la que Liam Neesson interpretaba a un superhéroe
tenebroso y marginal, híbrido de Batman,
el fantasma de la ópera y el hombre invisible.
Después de probar a trabajar mercenariamente
para Sharon Stone en la fallida "Rápida
y mortal", un western manierista y posmoderno,
volvio al redil del cine artesanal con "A simple
plan", su última película estrenada
hasta la fecha, quizá algo derivativa del
"Fargo" de los Cohen. Además, Raimi
auspició una serie de televisión que
intentó resucitar la moda algo mustia de
la fantasía heroica, donde un forzudo Kevin
Sorbo se dedicaba a ejecutar los trabajos que la
mitología clásica le adjudica a Hércules,
y luego, aprovechando la carrerilla, doscientos
o trescientos más. En uno de los episodios
de Hércules aparecía como personaje
subsidiario Xena, una amazona resentida contra el
género masculino, al que parecía empeñada
en terminar con sus desnudas manos y su manejo malabarista
de la espada y de una especie de boomerang
mágico que empleaba para desencajar las quijadas
de sus adversarios.
Xena vestía un mínimo juboncito de
cordobán con protecciones de bronce en los
promontorios pectorales y una faldita de flecos
que apenas le cubría los muslos de pastora
a la que podría haber cantado el Marqués
de Santillana. La aparición de este personaje,
al que Hércules finalmente lograba domeñar
y convertir a la causa difusa e infinita del Bien,
nos dejó turulatos y medio bizcos a los espectadores
de la serie, que empezamos a dar volteretas en el
sofá, para seguir desde una perspectiva privilegiada
las cabriolas a cámara lenta de nuestra nueva
heroína en la pequeña pantalla. A
Sam Raimi le alcanzó el rumor del sobresalto
y la fascinación desatados por esta princesa
amazona y decidio convertirla en protagonista absoluta
e invicta de otra serie que pronto se convertiría
en objeto de culto entre los aficionados al pulp.
Los primeros episodios de Xena transcurrían
en aquella época remotísima en que
los dioses del Olimpo bajaban para dispersar su
simiente entre los mortales. Luego, cuando los avatares
de la mitología clásica empezaron
a agotarse, los guionistas de la serie no mostraron
empacho en trasladar a Xena a los bosques de las
leyendas celtas, a las cortes del Rey Arturo o Cleopatra,
al japón milenario y feroz de los samurais.
Este zurriburri de anacronismos e irreverencias
históricas no agradó a los más
puristas, que decretaron el fallecimiento prematuro
de la serie. Sólo unos pocos incondicionales
seguimos buscando entre la profusa programación
las aventuras de esa amazona que ha renegado del
amor del hombre y entrega sus desvelos y sus discretas
carantoñas a Gabrielle, su escudera o aprendiza,
una rubia y pizpireta doncella -o casi- que no muestra
remilgos a la hora de aceptar su amor.
Así se logra la habilidad de deslizar una
apología subterránea de lesbianismo,
combinándola con argumentos trepidantes de
acción y exotismo, un poco al estilo de aquellos
vetustos seriales de los años 40 y 50. Xena,
en cuyos ojos arde el cóncavo mar, aniquila
a los villanos de turno a mamporro limpio, los vapulea
como en una sesión de sadomaso (el símil
lo corrobora su escabroso vestidito) y luego reanuda
su peregrinaje sin rumbo con Gabrielle, en busca
de una gruta que cobije por una noche sus arrumacos.
Pero, por desgracia, los títulos de crédito
siempre nos cercenan el idilio, tan incalculablemente
hermoso.