Hojas

La gran aventura de Sylvia Esta historia ha sido galardonada con el premio "Lo más Plus" del Xenaverso

Autora: Cruella.

Notas: Esta es una historia uber dividida en 34 escenas. Aunque se inspira en la personalidad de determinados personajes de la serie Xena, Warrior Princess –que pertenece a Reinassence Pictures y MCA Universal (de los que no pretendo infringir ni he infringido ningún derecho)– y en múltiples y muy variadas influencias de la historia del cine; esta historia me pertenece.
En este uber encontrarás mucho amor y algo de sexo lésbico, algo de ‘autoamor’, algo de S/M y algo de vicio corrupto, pa que mis lectores anteriores dejen de quejarse y les crezcan los dientes, jejeje. Si por edad, creencias o estupidez no puedes con este tipo de historias, simplemente deja de leer YA. Tu conciencia te lo agradecerá aunque tu psicólogo se cabreará: necesita de tus paranoias para sobrevivir...
Cualquier comentario o crítica constructiva será bienvenida. Gracias miles.

Este humilde cuento uber quiere ser un sincero homenaje al cine, que tantas alegrías me ha dado y tantos buenos ratos me ha hecho pasar.
Todo sacrificio tiene su recompensa. Ésta es la tuya. Deseo que te guste...

Colaboración especial: Gill
Referencias varias: J. M. F.
Y la inestimable ayuda de Mirina que me ha hecho de editora. Gracias por las correcciones y los ánimos. POR CIERTO, os aconsejo FERVIENTEMENTE el FF–uber de Mirina Rápida Infertal (¡¡cuando lo acabe!! ¡¡Acábalo ya, jodía!!)

Puedes encontrar otros trabajos de la misma autora en "Versión original: Fan Ficción en Español". Cruella además te propone un juego con la lectura del fanfic, más detalles en http:/members.es.tripod.de/cruela/juego.htm.


PRIMERA ENTREGA.

ESCENA 1.

Año 1912. Liverpool.
El puerto estaba abarrotado de gente, de miles de personas de todas partes y condiciones sociales, todas ávidas por ver zarpar el mayor barco del mundo. Para los menos afortunados era el símbolo de un sueño: la libertad. Aquel barco podía conducirles a una nueva vida. Los nuevos ricos, sin embargo, lo veían como la confirmación de una clase en auge: la suya. Otros, simplemente, se acercaban a ver el gran evento y hacían apuestas sobre su posible fracaso.
Entre aquel gentío vociferante, un mozo cargado con dos enormes maletas intentaba abrirse paso corriendo detrás de una mujer vestida con elegancia: falda estrecha hasta las pantorrillas, chaqueta sastre a juego y zapatos planos. Con su altura hubiera sido desmesurado llevar tacones. Aunque iba vestida con discreción, como para no llamar la atención a primera vista, uno no podía dejar de quitarle los ojos de encima a la sexy y sofisticada mujer. Su silueta, bien formada, llena de curvas insinuantes, se contoneaba de un lado a otro a cada paso, firme y seguro, que daba. Su pelo, recogido en la nuca, negro como el carbón, destacaba sus facciones, sus pómulos altos y prominentes, su angulosa mandíbula. La mujer se giró un instante, tal vez presintiendo la mirada del mozuelo clavada en ella. Lo apremió para que fuera más rápido. Cada paso altivo y suntuoso de ella eran dos del pequeño muchacho. Él asintió con la cabeza, sin dejar de notar el latido de su corazón acelerado al ver los ojos intensamente azules de aquella mujer. Su mirada distante y fría escondía un mundo de misterio donde ella podría ser cualquier cosa, tomar cualquier forma, hacer feliz a cualquier hombre que pudiese alcanzarla. Aunque eso, pensó el chico, debía ser un imposible: entre aquella multitud brillaba con luz propia, como una diosa perfecta e inaccesible al resto de los mortales.
Al pie de la enorme rampa principal –porque había varias rampas de acceso al barco– dos marineros y dos oficiales de tierra vestidos de gala recibían a los pasajeros de primera con una gran sonrisa, mezcla de entusiasmo y de nerviosismo. La prensa de todo el mundo estaba allí, fotografiando a todos los pasajeros importantes. Incluso un par de cinematógrafos habían acudido para retratar en movimiento la partida del crucero. Se rumoreaba que uno de ellos viajaría en el trasatlántico para dejar constancia del viaje. Aquel acontecimiento, sin duda, pasaría a la historia, ya fuera con gloria o sin ella. Y ellos, los mejores marineros, los oficiales más experimentados en técnicas navales modernas, estaban allí, embarcados, nunca mejor dicho, en aquella descomunal aventura, plantando cara a un mundo expectante.
Faltaban apenas seis metros para alcanzar la rampa principal cuando un muchacho rubio que corría entre el gentío, tropezó aparatosamente con la Venus. El mozo despertó de sus cábalas. El muchacho rubio cayó al suelo. La mujer, lo miró con desdén y, sin alterarse, le tendio la mano. El jovenzuelo aceptó el gesto con desagrado. Las muestras de superioridad de los nuevos ricos le molestaban. ¿Qué se creía? ¿Sólo porque iba a viajar y a hacer historia en ese barco, tenía derecho a despreciarlo así? Cuando el chico estuvo en pie, ella, sin mediar palabra, siguió su camino con aquel gesto antipático en los labios. El chico, llevado, tal vez, por un impulso de rabia, le agarró el bolso que llevaba en la mano, le dio un fuerte tirón y empezó a correr sin darle tiempo apenas a reaccionar. El mozo que seguía a la señora, cargado como iba, no pudo hacer nada. Además, la gente que los rodeaba, testigos del pequeño incidente y del desprecio mostrado por aquella prepotente mujer, había facilitado la huida al ladronzuelo. Ella, sorprendida y contrariada, miró por encima de las cabezas de la gente para ver adónde se dirigía el chico.

– Ahora vuelvo.
– Pero... ¡Lady Vargas!
La mujer calló con su mirada dura y penetrante la queja del mozo. Éste inclinó la cabeza y siguió su camino hacia el puente principal donde le aguardaban los marineros. Ella se hizo paso a través de la multitud. Pudo alcanzar a ver la lejana figura del muchacho que desaparecía por una estrecha calle del embarcadero. Tenía que darse prisa o lo perdería. Ese bolso era importante y no podía permitirse un error así.
Cuando se hubo alejado de la multitud, no le costó alcanzar la callejuela por donde desapareciera el chico. Tenía constitución atlética y, aunque la falda no le ayudaba, los zapatos planos le permitieron correr sin peligro de desagradables torceduras. Se detuvo ante la bocacalle. Miró a su alrededor. Se concentró durante unos segundos. Luego esbozó una sonrisa. Dio media vuelta y corrió hacia un callejón más estrecho y sucio, paralelo a aquella. Cruzó tres cuadras llenas de cajas de madera podridas y con un nauseabundo olor a pescado podrido en el aire, giró a la izquierda, luego a la derecha y allí estaba, semioculto en una especie de portal de un pequeño almacén. “Desde luego, o es idiota o no se esperaba que lo siguiera nadie... Se ha quedado en la misma calle por donde huyó”, pensó sonriente la mujer. Avanzó poco a poco hacia él, para que no se percatase de su presencia y huyese. No tenía ganas de correr más. Sigilosamente, se situó a su espalda y lo observó en silencio.
El chico sostenía una pequeña pistola plateada. La miraba como si fuese la primera vez que veía una: desde todos los ángulos posibles, con cierto estupor. De pronto la soltó, como si le hubiera quemado en las manos. Cogió, entonces, el monedero. Femenino pero sin ornamentaciones, sobrio y práctico. Lo abrió. Allí había mucho dinero.
– ¡Guau! –exclamó con los ojos abiertos como platos.
– ¿No te han enseñado a no meter las manos en las cosas de los demás?
La voz sonó poderosa, severa aunque con cierto tono insolente. Él se giró lentamente hacia la voz, sin intentar huir. Sabía que estaba perdido. Sólo le quedaba hacer una cosa y hacerla bien: implorar compasión.
Ante sus narices, unas piernas sin fin, descomunales. Las recorrió con su mirada asustada, hacia arriba. Parecían no tener fin. Al final del trayecto, una cara. La misma cara con la que había tropezado entre el gentío del puerto. ¿Cómo lo había encontrado? Estaba seria, muy seria, pero ya no tenía ese gesto de desprecio que tanto le había ofendido. Más bien al contrario, tras aquella máscara de seriedad, una sonrisa parecía querer dibujarse. Si hubiera sabido que ella, en ese momento, intentaba contener la risa... Verlo allí, de rodillas en el suelo, tan joven, tan asustado, tan inepto y con aquella cara de ángel, le despertó, repentinamente, un sentimiento maternal inaudito. No podía permitirse esa debilidad y frunció el ceño con más gravedad. El chico, completamente desarmado y temeroso de las represalias, le tendio la mano entregándole el monedero y el bolso.
– No he tocado nada...
– Dame eso también. –Se refería a la pistola.
Él la miró de reojo y tragó saliva. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
– Yo... no he visto nada, ¿eh? Cada uno lleva en su bolso lo que quiere... Y una mujer tan... tan guapa como usted... para protegerse, ¿verdad? Uno no puede fiarse del mundo en el que... Los hombres ya no son como eran... Si usted ha de esperar que uno la... la...
– ¿Me la das?
– Ssssssí, claro...
Le tendio la mano temblorosa y se la entregó. La mujer cogió el arma con soltura, la hizo girar en su mano haciendo que la culata le quedase encajada en la palma de la mano y el gatillo a la altura del dedo índice. Apuntó al muchacho con seguridad, con pulso firme.
– Eh... eh... si... si quiere... me puedo entregar a la policía... Es... es la primera vez que robo y... ¡no sé por qué lo he hecho! ¡Ja! ¿Se lo puede creer? Ja ja... ¡Con lo amable que fue usted al ayudarme a levantarme del suelo! Soy un torpe, sí... eh...
La mujer parecía estar muy lejos de allí. Su mirada estaba clavada en la expresión de terror del chico. Él empezó a temblar. Cerró los ojos para ocultar las lágrimas que querían escapársele. No quería que su asesina le viese lloriquear. Si tenía que morir, lo haría con dignidad. Un mártir...
Oyó un ruido metálico. El gatillo estaba preparado para disparar. Y aquella mujer no abría la boca. Era fría como un témpano.
– ¿Le serviría de algo... si le digo... q...que no volveré... no volveré a hacerlo? –no pudo contener el temblor de su barbilla, la boca seca le traicionó al hablar–. Por... por favor...
La mujer carraspeó. Con una enorme sonrisa –maléfica sonrisa– respondio:
– Lo sé.
El muchacho apretó más los párpados y cogió aire. Ese era el fin. Contó interiormente hasta tres. Hasta cuatro. Hasta cinco... “¿A qué espera?”. Hasta seis.
“¿Siete?”. ¿Acaso quería torturarlo con aquella espera interminable? Hasta ocho...
Abrió un ojo sin atreverse a mirar el corto cañón del arma enfocado hacia su sien.
“¿Dónde está?”, se preguntó. La mujer había desaparecido.
Primero no se lo creía. Se giró inmediatamente para pillarla in fraganti tras él, dispuesta a dispararle por la espalda. Ese juego del ratón y el gato no le gustaba. Luego, al ver que tampoco estaba allí, soltó un largo suspiro, se relajó. Es entonces cuando dejó de oír el latido de su corazón en su oídos y pudo escuchar unos pasos que se alejaban de allí corriendo.
A lo lejos vio la figura de la mujer que se apresuraba para llegar a tiempo al barco. La sirena avisaba estruendosamente a los pasajeros más rezagados que se dieran prisa en subir a bordo. Estaba a punto de partir. Suspiró de nuevo. En ese aliento tembloroso iba su alma. El color volvio a sus mejillas aunque las manos le temblaban todavía. El peligro había pasado. Estaba solo. Lloró.

ESCENA 2.

“Ese muchacho me recuerda a alguien... Es valiente. Y orgulloso...”, pensó sonriendo la mujer mientras metía la mano en el bolso para sacar el billete de embarque y mostrárselo al primer oficial de tierra que le saludaba al principio de la rampa levadiza.
“Y un hijo de mala madre. ¡Ladrón!”, añadio al comprobar que su billete ya no estaba allí.

– ¡Mierda! –susurró.
– ¿Algún problema, señora?
– Sí. Me han robado el pasaje.
– Señora, lo siento, sin él no puede acceder al barco...
La mujer lo fulminó con la mirada. Haciendo caso omiso de la invitación para abandonar la rampa, empezó a subir por ella.
– ¡Señora! ¡Por favor! ¡Son normas! –corrió tras ella el primer oficial.
– Las normas están hechas para transgredirlas.
– No puedo permitírselo – añadio con sequedad parándose delante de ella.
– Quiero aclarar este altercado. Y estoy convencida de que usted también lo quiere así. No podemos solucionarlo si no llego a cubierta y hablo con su superior...
– Usted no tiene pasaje. ¡No hay nada que arreglar, señora!
– Que no lo tenga en mi poder no quiere decir que no lo haya comprado y que haya una reserva a mi nombre... ¿Vamos a discutir por un simple papel?
El oficial, apretando sus cuadradas mandíbulas, se puso firme.
– Me temo que sí, señora.
– Estúpido e incompetente funcionario de mier... –suspiró–. He ido por las buenas pero si lo prefiere... ¿Qué cree que dirá el mundo cuando se entere de que una pasajera que ha pagado tantísimos dólares por su billete, no ha podido viajar porque no tenía un trocito de papel y un oficial de primera no quiso solucionarlo? ¿Verdad que podemos comprobar que todo está en orden si mi nombre figura en la lista de pasajeros que su superior tiene?
El oficial, rojo de ira, bajó la mirada y susurró.
– Sí, señora.
– ¿Y se puede saber a qué diablos espera?
El hombre uniformado acompañó solemnemente a la mujer hasta la cubierta donde dos oficiales llevaban el control de los pasajeros. El oficial de tierra saludó e informó del problema a sus compañeros con un tono neutro e impersonal. Ellos lo tranquilizaron con una amable sonrisa.
– No pasa nada, haremos la comprobación aquí... Ya puede bajar y dar orden de retirar el puente.
“Traidores”, pensó el oficial maldiciendo mientras se iba. “Se nota que ellos no se quedan en tierra. ¡Qué contentos están!”.
– ¿Usted es...?
– ¡Eve! ¡Eve! ¿Qué pasa?
Todos se giraron para prestar atención a un hombre vestido de negro y de forma ostentosa, con un bastón, negro también, de empuñadura dorada que sujetaba con su mano enguantada. Por su indumentaria elegante pero excéntrica, podía deducirse que se trataba de uno de esos personajes importantes que viajaban en ese crucero. Cuando llegó junto a ella la besó. Su beso iba dirigido a los labios pero la mujer giró la cara para ofrecerle le mejilla. Él hizo un gesto casi imperceptible de molestia. Sonrió a los oficiales. Su sonrisa era una mueca desagradable que afeaba su atractivo rostro. Viéndolos juntos, él parecía ser mucho mayor que ella y más bajo, pero el abrigo que llevaba, largo, de grandes hombreras y con el cuello de pelo, le daba un aspecto imponente.
– ¿Qué problema hay?
– ¡Una foto, mister Zemeckis! –gritó un periodista que cubría a bordo el acontecimiento.
El hombre sonrió, mostrando sus dientes, blancos y afilados como un tiburón. Rodeó con su fuerte brazo a la mujer por la cintura y posó. En el momento que se disparaba la foto, ella miró hacia atrás.
– ¡Oh! Señorita, ¿la repetimos?
– No, no, gracias. Salgo muy mal en esos condenados trastos.
El periodista se despidio y fue en busca de más personalidades. En ese momento, mister Zemeckis volvio a su agrio gesto e interrogó con la mirada al oficial.
– Nos cercioramos de que todo está correcto, mister Zemeckis.
– Bien, pues acaben de hacer su trabajo. Lady Vargas ha de instalarse antes de partir...
Dicho esto, besó la mano de la chica y se fue.
– Lady Vargas, Lady Vargas... –repetía el oficial de a bordo mientras buscaba en su listado de pasajeros – ¡Sí! Aquí está. Lady Eve Vargas. Camarote 369. Bienvenida a bordo, madam.
La mujer, a la que habían llamado Eve, dirigió su mirada al oficial de primera de tierra, el que no le permitía el acceso. Él se encontraba en su sitio, en tierra, discutiendo con un marinero y un muchacho con gorra que parecía saludarla.
– Discúlpele, señorita. Él sólo cumplía órdenes –dijo el oficial superior adelantándose a una posible queja formal.
– Me hago cargo –dijo mientras se alejaba de allá.
La gente se arremolinaba tan cerca como podía del barco, gritando, despidiéndose emocionada de amigos y familiares. En cubierta el jolgorio era similar. Todo el mundo estaba apoyado a lo largo de la barandilla, con medio cuerpo fuera, saludando a los que se quedaban allá. Mientras tanto, en tierra, intentaban retirar la rampa de acceso a la embarcación.
– ¡Un momento! ¡Aún falto yo!
– ¡Ey, muchacho! ¿Dónde te crees que vas? –inquirió con dureza un marinero cogiendo por detrás del cuello del abrigo al chico rubio–. Te equivocas de entrada, la tuya es aquella de allá –señaló un puente más pequeño que estaba en el otro extremo del barco.
– No lo creo –respondio él, deshaciéndose de la zarpa que lo sujetaba con un gesto altivo–. Tengo pasaje de primera. Subiré por aquí, gracias.
– ¿A quién se lo has robado? –lo empujó haciéndolo retroceder violentamente.
– ¿Qué pasa ahora? –el oficial de tierra se acercó al ver lo que allí sucedía, dispuesto a llamar a la autoridad.
El joven, viéndose atrapado, miró a su alrededor buscando una salida. Vio uno de esos cinematógrafos que estaba filmando todo el suceso. Una luz se le encendio al ver aquella caja mágica. Sabía que todo lo que se filmaba con esas cámaras tenía un gran éxito por todo el mundo. Le pareció una buena amenaza llamar al operador para que se acercase a rodar su pequeña disputa con el oficial.
– Está bien. No me dejen subir. Ya veremos lo que dice el mundo cuando sepan que no han dejado viajar a un pasajero de primera por su indumentaria. ¡Ey! ¡Señor cámara! ¡Aquí!
El oficial, harto de problemas inesperados, lo cogió de la oreja.
– ¡Se acabó el juego, chico listo!
– ¡Aaauuu! ¡Eve! ¡Eve! –el chico vio a Eve en cubierta. Lo estaba mirando. La saludó. Ella no hizo ningún gesto, tal vez con la gorra no lo reconocía–. Si se entera mi hermana, ¡prepárese!
Al oír el nombre de Eve lo soltó.
– ¿Eve?
– ¡Sí! ¡Eve Vargas! ¡Yo soy Víctor Vargas! De los Vargas de España. Camarote 369, compruébelo, ¡inútil!
Le encantaba hacer aquello. Aunque no le saliese bien, nadie le podría quitar el gustazo de insultar y dejar en ridículo a un primer oficial de tierra.
– Yo empezaría a preocuparme por su expediente.
Secándose el sudor, el oficial acompañó al chico, Víctor, a bordo. “Dos veces en un día, ¡no, por favor!”, pensó el hombre.
El chico miró a un joven marinero riéndose. Le sacó la lengua. El marinero le hizo un feo gesto lleno de rabia difícil de describir. Cuando llegaron a cubierta, el segundo de a bordo se acercó a su compañero.
– ¿Por qué no ha sido retirado el puente? ¿Qué hace aquí este muchacho?
Antes de que todo se descubriera definitivamente, Víctor se jugó su última carta. Vio a Eve de espaldas, alejándose de allí.
– Allí está mi hermana. ¡Eve! –gritó con la esperanza de que no lo oyese pero de forma que los oficiales quedasen convencidos del bulo. Mala suerte, Eve tenía muy buen oído. A pesar de las sirenas y del griterío, lo oyó, se volvio hacia él. ¡Lo reconoció! Y venía hacia allá. Estaba perdido. Se soltó de la mano del oficial y corrió hacia ella con ojos suplicantes–. ¡Eve! ¡Hermana! Pensé que me dejabas en tierra...
Mantuvieron la mirada durante unos segundos, la una en el otro, los azulados ojos de la joven mujer en la claridad impoluta del muchacho. Todos esperaban una respuesta, sorprendidos. Eve hizo un gesto de resignación y, pasando el brazo por detrás de su espalda, le dio un punzante pellizco y les dijo guiñándoles un ojo:
– ¡Es la oveja negra de la familia! Disculpen su aspecto –retorció con más fuerza su pellizco en la espalda. Él hizo un gesto de dolor, se puso tieso–. ¡Vamooos! –dijo entre dientes llevándoselo de allí.
Él miró a los oficiales, sonriente. Los saludó con la mano, lleno de simpatía y buen humor. Todo había salido bien, por el momento. El segundo de a bordo le sonrió también imitándolo en el gesto, por pura inercia. Sus compañeros le interrogaron con la mirada. El segundo carraspeó al sentirse observado.
– Ejem, un chico muy vital, con desparpajo ¿verdad? Prometedor.
Eve lo sujetaba fuertemente por el hombro, dirigiéndolo por la cubierta abarrotada de gente feliz y vociferante.
– Odio las multitudes. Prefiero estar sola –masculló entre dientes y de mala gana la chica morena.
Una joven elegantemente vestida, con piel de alabastro y pelo rubio con destellos rojizos, recogido en un moño bajo, se cruzó con ellos y dirigió una fugaz mirada al muchacho. En sus ojos había tristeza. Por un momento, su rostro se iluminó y le dedicó una dulce sonrisa. Él le hizo un gesto simpático pero la que parecía ser la madre de la muchacha la apresuró para llegar al camarote. A su vez, Eve, viendo la escena, lo empujó hacia adelante.
– Ni se te ocurra... Tú y yo tenemos que hablar.
El barco empezaba a moverse. Todo el mundo corrió a sus puestos. La gente gritaba, tiraba serpentinas vibrando de emoción. Zarpaban rumbo a New York. Se iban para hacer historia.

ESCENA 3.

Eve cerró la puerta del camarote 369 de un portazo. Empujó al muchacho contra la puerta y lo mantuvo allí. Él carraspeó bajo la intensa mirada de la chica. Ahora sus ojos eran de un azul más oscuro. Se produjo un espeso silencio. Víctor no sabía qué hacer ni dónde meterse. No se atrevía a mirar la severa expresión de la mujer. Temía que sacara su arma y, esta vez, sí apretase el gatillo contra su cara.

– Eh... Gracias...
Eve suspiró.
– Yo... me iré de aquí. Me... me esconderé en algún bote salvavidas...
Eve volvio a suspirar.
– Me... me tiraré al mar cuando todo el mundo esté en sus camarotes, ¡no voy a molestarle!
Eve no pudo contener por más tiempo la risa. Era la primera vez que la veía reír abiertamente. Se quedó embobado admirando la blancura de sus dientes perfectos.
– ¿Por qué... por qué...?
– ¿Por qué te he ayudado?
– No. ¿Por qué no sonríe más a menudo? Tiene una sonrisa... ¡fantástica!
Eve recuperó su formalidad. Un leve calorcillo le recorrió los pómulos.
– No puedo dejar que te marches.
“Ahora es cuando saca el arma y se me carga”, pensó él.
– Has montado un buen escándalo. Todos creen que eres mi hermanito. Aunque no sé por qué, no te pareces en nada a mí.
No se atrevía a preguntar nada. Esperaba el desenlace en silencio.
– Tendré que presentarte en sociedad como tal, a ver si cuela.
– ¿Eh?
– No vas a quedarte todo el viaje aquí escondido. Me preguntarán por ti. No puedo arriesgarme a que crean que te he tirado por la borda.
Tragó saliva. Eve, al ver su cara desencajada, volvio a sonreír.
– Además está Aris.
– ¿Aris?
– Mister Zemeckis para ti. El hombre que viaja conmigo. No me creerá pero, en fin.
– Yo... no quiero causarle problemas, señorita... Vargas...
– Eve. Ahora soy tu hermana, ¿recuerdas? Y ya me los has causado, ¡pequeño ladrón!
El chico se ofendio.
– ¡No soy un ladrón! Sólo...
– ¿Tomaste prestado mi bolso y mi pasaje? Quien sabe qué hubieras hecho con el arma si no te encuentro.
Víctor murmuró algo mirando al suelo.
– ¡No te ofendas! Ya conozco la canción: tú no tienes la culpa, es de la sociedad y todo eso. Es lo que has vivido, ya lo sé.
Aquella mujer era sorprendente. Por una parte lo amedrentaba hasta hacer que se orinase en los pantalones, luego lo ayudaba. Tan pronto insoportable en su prepotencia como deliciosamente natural. En general, impasible, reservada, cínica; ahora condescendiente, comprensiva, incluso compasiva. Pero, a pesar de esa compasión que mostraba, de ese tono amargo, incluso resentido –“¿qué sabría ella, pequeña burguesa?”– se equivocaba.
– Yo no soy así –murmuró más alto.
– Te has criado en compañía de lobos, como si lo viera. Y tú eres un pequeño depredador dispuesto a comerse a otro que sea más débil o más tonto que tú.
– ¡Yo no soy así! –alzó la voz.
Eve calló. Lo observó atentamente. Tanto que el chico sintió que todo él se fundía bajo aquellos ojos. Él quiso soportarle la mirada. Un duelo de orgullo y poderío. Aguantaron así unos segundos, Eve calibrando el coraje del chico, él sopesando la peligrosidad de ella. Finalmente, cuando la joven mujer –porque era más joven de lo que aparentaba– hubo hecho un retrato a grandes rasgos del muchacho, rompió el silencio. No le interesaba perder más tiempo con aquel estúpido duelo que no la llevaba a ningún sitio.
– ¿Cómo te llamas? –preguntó Eve.
– Víctor –respondio sonriendo satisfecho, sintiéndose el vencedor de aquel improvisado reto.
– No me has vencido, Víctor –dijo amablemente la chica, leyendo la mente de su joven adversario–. Yo me he retirado. Hay que saber cuando retirarse. Nuestro pequeño duelo era absurdo, no nos proporcionaba ninguna información adicional. Y, por favor, no te sientas herido por mis palabras. No era mi intención.
– Ya, bueno, al fin y al cabo es lógico que me hayas prejuzgado: te robé.
Eve desmontó su estática postura y fue a deshacer sus maletas. Él la siguió como un perrito perdido.
– Eve ¿quién eres? –ella se sorprendio–. Eres tan... extraña.
– Tendremos que encontrar ropa para ti –le comentó pensativa cambiando de tema–. Creo que aquí tienen servicio de venta por camarote. Voy a avisar – descolgó un teléfono de la pared, apretó varias veces una palanca y ordenó que trajesen ropa de muchacho a su camarote–. ¡Ah! Y un smoking.
De repente, sin mediar palabra, se estaba desnudando. Víctor se atragantó con su propia saliva.
– ¿Me ayudas, por favor? –le preguntó dándole la espalda para que desabrochase los botones de la camisa–. Odio la moda de este año. Es tan poco práctica.
Víctor lo hizo con sumo cuidado. Debajo de la blusa llevaba puesto una combinación que le hacía conjunto con su cabello y le resaltaba más los ojos. Sus dedos, accidentalmente, rozaron la piel de la espalda, suave, tersa. Víctor sonrió admirado.
– ¡Qué piel tan suave tienes! Me gustaría tenerla como tú.
Eve lo miró entre divertida y sorprendida.
– Te compraré una esponja de crin, verás qué piel se te pone. Parecerá la piel del culito de un bebé.
Víctor se sonrojó cuando fue consciente de lo que le había dicho.
– Eh, no me mal interpretes. Quiero decir que si yo fuese mujer me gustaría tenerla así. Y vestir esos incómodos vestidos en lugar de esta apestosa ropa de chico.
Ella sacó de su maleta unos pantalones de cintura alta y rayas finas. Se los puso.
– Pues a mí me gusta la ropa de chico. Es la más cómoda que hay.
Víctor se admiró aún más al ver a una mujer con pantalones mil rayas. Había muy pocas mujeres que se atreviesen a llevarlos aunque, decían, que en París estaban de moda.
A ella le quedaban a la perfección. Marcaba sus curvas sensuales y la hacían, si cabe, más esbelta y espectacular.
– La verdad es que te quedan de muerte. Ya me gustaría que a mí me quedasen así –suspiró Víctor mientras se mordía el labio inferior, absorto en el trasero de Eve.
Ella, viéndolo inconsciente de lo que le acababa de decir, rió.
– Tal vez, si te esfuerzas, Víctor, un día lo consigas.
ESCENA 4.
– ¿Tu hermano? ¿Cómo que tu hermano? ¿De dónde te sacas este hermano así, sin avisar?
Eve suspiró asqueada. Miró de reojo a Víctor que escuchaba de pie, al lado de la puerta del camarote, por si tenía que salir corriendo.
Aquel hombre atractivo y elegante, con cadena de oro en el chaleco, con guantes de piel, con voz ronca e indignada, imponía respeto. Pero no era el tipo de respeto que uno se gana con esfuerzo o con amabilidad. Era el respeto del miedo. Porque era eso lo que inspiraba: miedo. Desconfianza. Su mirada brillante y puntual como los ojos de una rata, penetraba hasta dentro con tal fuerza que hacía daño. Su gesto grave, se retorcía en una desagradable mueca de eterna irritación. Hasta cuando intentaba sonreir parecía irritado.
Eve, sin embargo, no le tenía temor alguno. Ni el menor respeto, por lo que parecía. Lo escuchaba como si se encontrase a años luz de él, con una expresión entre indiferente y divertida.
Mr. Aristóteles Zemeckis –así se lo había presentado Eve, aunque ella lo llamaba Aris– caminaba de un lado para otro, como un felino enjaulado. A esas alturas ya llevaría caminados un par de kilómetros de camarote.
– ¿Quieres parar de moverte, Aris? Pareces un ratoncillo atrapado.
El hombre se detuvo en seco. En su mirada brilló una sombra oscura y peligrosa. A Víctor se le erizó la piel. Eve no pareció percatarse de aquella mirada y si lo hizo, simplemente la ignoró.
– Te lo advierto, Eve, no vuelvas a llamarme ratoncillo. – Miró de soslayo a Víctor, decidido a descargar sobre el muchacho su malhumor–. Es tu amante ¿verdad? ¿Ahora te buscas niños como amantes? ¿Y sabe cumplir como un hombre este mocoso?
Víctor tuvo la imperiosa necesidad de defender el honor de su salvadora y el suyo propio. Dio un paso hacia el hombre abriendo la boca para protestar pero antes de que se diera cuenta, Aris se giró hacia él, se abalanzó encima suyo agarrándole el cuello con una mano y esgrimiendo su bastón con la otra. Parecía que el hombre esperase aquel momento. En sus finos labios se dibujó una sonrisa pero no mostraba un ápice de satisfacción.
– No te atrevas a abrir la boca, mierdecilla.
Le apretaba con tanta fuerza la garganta que se le hizo difícil respirar. Vio la empuñadura dorada del bastón resplandecer sobre su cabeza. Cerró los ojos dispuesto a recibir el golpe. Pero, tras un silencio donde sólo se oía la fuerte respiración de Aris, volvio a abrir los ojos. Eve sujetaba el brazo amenazante del hombre con una sola mano, sin apartarle la vista de encima, clavada en él de forma desafiante. Si Víctor creyó que la mirada de Eve había sido gélida cuando lo había amenazado con su pistola, aquella no tenía nada que ver.
“Cuidado, Lady, no te dejes llevar por tus emociones o morirás... Mantente fría y distante, eso desorientará a tus enemigos”. Mister Zemeckis soltó al chico. Las venas de su cuello estaban hinchadas y enrojecidas. Parecía a punto de estrangular a la joven. Pero no pasó nada. Por un momento se enfrentó a la hermosa estatua de hielo que lo achicaba. Porque mister Zemeckis, con toda su puesta de hombre duro y peligroso, se hizo pequeño ante el poderío de ella.
Recuperó la compostura, sonrió y le dijo con voz enronquecida, soltando una leve risilla gutural que pretendía ser socarrona:
– Sabes, querida, que no saldrías viva de aquí, lo sabes ¿no? Mis hombres acabarían contigo en dos segundos si oyeran la más ligera señal de alarma, por minúsculo que fuera mi grito, estarías perdida.
– ¿Qué te hace pensar que te daría tiempo a gritar? –ronroneó la mujer de forma calmada, masticando cada una de las palabras.
Víctor se estremeció ante la voz juguetona, provocadoramente sensual de Eve. De pronto, Zemeckis espetó otra risilla gutural y aguda, mostrando sus torcidos dientes. Ella sonrió también pero sin apartar la mirada.
– Está bien, está bien –miró a un Víctor atemorizado que se acariciaba el lastimado cuello–. Eso es lo que me vuelve loco de tu “hermanita”, muchacho. Ja ja ja. Eres única, Eve, lo sabes ¿no? Nadie más que tú podría hablarme como tú lo haces. Je je je –señalando al muchacho–. Bien, bien, te creo, chica, te creo. Al fin y al cabo ¿qué necesidad tienes de mentirme? Tú no puedes ser de nadie, sólo mía, Eve, lo sabes ¿no? Ja ja ja. Bien, bien. Te espero para cenar. Con tu hermano, por supuesto.
Salió dejando la puerta abierta. Fuera esperaban dos hombres vestidos con trajes oscuros y sombrero de ala ancha. A una discreta señal de él, lo siguieron manteniendo una distancia prudencial.
Eve cerró la puerta con el pie, desganada. Se dirigió a Víctor que aún temblaba en su rincón. Suavemente le acarició la cara. Sintió la calidez de su mano sobre el rostro pálido y helado, contrarrestando con su estoica expresión.
– ¿En qué estabas pensando? –le preguntó con un tono que recordaba a la dulzura–. ¿Estás bien? –él afirmó con la cabeza–. ¿Te molesta al tragar saliva? –Víctor volvio a afirmar–. ¿Quieres que te vea el médico de a bordo? –el chico negó sin atreverse a hablar.
– Yo... Ejem... Prefiero no ir a...
Ella le puso la mano sobre los labios y sonrió levemente.
– De acuerdo, esta noche lo comprenderá. Y se alegrará. Pero tendrás que tener cuidado. Mientras estés conmigo no se atreverá a hacerte daño pero, da por supuesto que te perseguirá con sus burlas, te provocará descaradamente a la primera ocasión. Se vengará sobre tu persona del mal rato que le he hecho pasar. Querido, es el peor enemigo que podías hacerte. Después de mí, claro –rió.
Víctor parpadeó perplejo. Pero, viendo un atisbo de humor en sus palabras, sonrió.
Aún no daba crédito a todo lo que en ese largo día estaba aconteciendo. Se preguntó, dándose golpes imaginarios en la cabeza contra la pared, en qué lío le había metido su estúpido orgullo y sus locas ganas de vivir aventuras. Pero, observando a la mujer, sintió que la calidez embriagaba su pecho. Se sintió seguro. Eve, desde luego, no era una mujer corriente. La vida a su lado debía ser fascinante. Estaba dispuesto a disfrutarla durante los días que durase el trayecto.

ESCENA 5.

Cuando Eve volvio de su cena con mister Zemeckis, encontró a Víctor dormido sobre el pequeño sofá del camarote. Estaba vestido, con sus pantalones roídos y demasiado grandes para él y su desgastada chaqueta tapándole apenas los hombros. Cogió una manta del armario empotrado. Había un buen surtido de ropa de cama allí. Los de la Compañía Naval no querían que sus pasajeros de primera pasaran frío. “Estos ingleses”, pensó. Se acercó de puntillas al durmiente y lo tapó. Le llamó la atención las curvas infantiles de su pequeño rostro. Se arrodilló junto a él para poder observarlo mejor. Ella era un experta leyendo la fisonomía de las personas. Siempre fue bastante buena en eso pero, con los años, había tenido que agudizar más ese sentido para poder sobrevivir. “Todos llevamos un animal dentro, no lo olvides”.

– ¿Qué animal eres tú, Víctor? –se preguntó en voz baja.
Aún no lo sabía pero algo extraño tenía aquel chico, algo que no acababa de encajar en el cuadro que estaba componiendo de su personalidad. Sus rasgos dulcificaban su semblante, los mofletes lo hacían parecer apenas un niño recién salido de la pubertad, pero cuando miraba con aquellos agudos y brillantes ojos. Era como si toda una vida pesara sobre sus pequeños y delicados hombros. Respiraba profundamente, tanto que parecía querer beberse todo el oxígeno de la estancia. Tenía unas inmensas ganas de vivir, no cabía duda, su vitalidad era contagiosa, se podía ver en todos sus movimientos, en su sonrisa, en su forma de hablar, casi teatral, a veces.
“Hermanito”, susurró sonriendo y apartándole un mechón de pelo del rostro. No entendía por qué lo había ayudado, por qué le había permitido esa repentina y absurda confianza, hacerse pasar por su hermano. ¿Qué necesidad tenía ella de meterse en líos con Aris y arriesgarlo todo? Aunque, bien pensado, podía serle útil de alguna forma, podría llevar sus planes con mayor facilidad, tal vez. Y, de paso, divertirse un rato irritando a Aris.
Lo observó recordando la situación que había tenido que vivir apenas hacía un par de horas: esa situación violenta y su expresión aterrada. Le había recordado tanto a ella misma hacía, ahora, cinco años.
– Seguro que te arrepentirás de haberme conocido, pequeño bribón.
¿Bribón? No parecía el típico chico malo del barrio, carne de cañón. Tenía esa mirada viva, espabilada, observadora, incapaz de dejar escapar algún detalle, su frente despejada, abierta. Era gracioso, desenvuelto, imaginativo y con aquella peculiar sensibilidad que provocaba ese odioso sentimiento de compañerismo en ella. ¡Compañerismo! Ella nunca había necesitado un compañero de aventuras, nunca quiso –ni tuvo– que confiar en nadie, salvo en su propia capacidad. “Eso no es totalmente cierto y lo sabes”, se estremeció ante el recuerdo. Hacía tanto tiempo de aquello...
“Loba”. Ahora se sentía así, extrañamente unida a ese muchacho tramposo, símbolo de lo que ella siempre había huido, sombra de lo que ella un día fue. No era lo mismo que ella había sentido alguna vez pero se acercaba. Aquel muchacho desprendía esa energía especial de los que están en otra esfera, esos que han venido al mundo para crecer y enriquecer a los que les rodean. “Loba”. Eve había notado el cuidado que ponía el rubio muchacho en escoger sus palabras, su vocabulario, sus maneras. Definitivamente, era distinto a los de su calaña. Lo sabía bien, ella se crió a dos manzanas del sucio y apestoso lugar donde Víctor se había escondido con su bolso. Conocía bien los escondites de las ratas de ciudad. Y conocía bien las ratas.
Lo miraba y se veía a sí misma intentando escapar de ese destino, de un fracaso existencial seguro. Pensándolo bien, tal vez por eso lo había ayudado, por eso sentía esa especie de prematuro afecto hacia él. Ella no tuvo a nadie que la sacase del hoyo, que le tendiese una mano. Ella sólo encontró abuso tras abuso, zancadillas y bofetadas. Si había llegado donde estaba era porque se había quedado sin uñas en la guerra, porque había endurecido su corazón desechando todo lazo que la pudiera debilitar y destruir. Porque había sacrificado el amor y sus consecuencias. “Loba”.
Víctor se revolvio violentamente en su sueño. El gruñido del muchacho la devolvio a la realidad. El chico tenía, ahora, una marcada expresión de preocupación y susurraba con cierta ansiedad palabras apenas ininteligibles.
– Chssss, tranquilo, chssssss –le dijo Eve en voz baja. Pero Víctor estaba profundamente dormido y no notó su mano acariciando torpemente su rubia cabeza–. Vamos, chico, tranquilo. Dios, esto no se me da muy bien.
– ¡Cuidado! –gritó Víctor–. ¡Sácame de aquí! ¡Sácame de aquí!
Estaba aterrorizado. Eve se sintió inepta, no sabía qué hacer. Había oído que si se despertaba de golpe a una persona que está sufriendo una pesadilla, podía sufrir un shock, “peor el remedio que la enfermedad”, pensó. Optó por coger fuertemente los hombros del muchacho y hacerle sentir, así, su presencia.
– ¡Tranquilo, Víctor! ¡Estás a salvo, chico! No te va a pasar nada. Estoy aquí –susurró finalmente, sin saber muy bien por qué.
No supo si fue la presión sobre sus hombros, sus palabras o que, sencillamente, cesó el sueño, pero Víctor se relajó y volvio a poner aquella dulce y tierna expresión de paz. Eve suspiró, lo tapó y se fue a dormir.

Segunda parte


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